
En el soleado día de un invierno moribundo, los niños estos se aparecen desde su invisible nada, para divertirse en el espejo líquido y sucio que los refleja a medias.
Jugados en su vuelo y zambullida, se salvan de morir a cada rato. Las tablas de este mundo que heredan caen una a una. Se nos va desdentando la sonrisa de este parque. El sol nos hiere un poco.
En sus rostros se demuestra la seriedad de esta diversión. Debajo de sus caras sin sonrisas, las aguas se ven mansas y profundas. Hasta poco antes de ponerse el sol, seguían volando cabros chicos hacia lo hondo, incansables.
Fotografía: Fernando Fiedler
Texto: Pablo Padilla
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