
Los barrios se mueren pero nadie los sepulta. En vez de eso, llegan gentes silenciosas que van desguazando poco a poco los recintos donde antes se vivió, sufrió y trabajó.
Máquinas, muebles y hierros varios son llevados al pudridero de más allá, para ser pesados y transados. La memoria material de la ciudad se nos dispersa. Luego vendrán picotas y retroexcavadoras a sacar su parte. Cuando ni te acuerdes, ya habrá por allí algún otro barrio nuevo, profitando de este mismo sol que abre la puerta.
Es nuestra propia mirada la que se desarma entonces, esperando que el ojo sepa construir en las nuevas calles otra visión que nos dirija hacia la puerta amada, que aún no se construye.
Fotografía: Fernando Fiedler
Texto: Pablo Padilla
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