
El soldado inmóvil dentro de su confortable cajón se deja ver por la doliente multitud. Este duelo de puertas adentro, muy adentro de un cuartel-escuela, podría durar noches y noches. Eternas jornadas en que la muchedumbre se dé gusto y goce en llorar a su Gran Difunto.
Junto a él, otro soldado, esta vez muy móvil, se las arregla para salir borroso en la foto. Es el cambio de la guardia. Una generación releva, por fin, a la otra.
Pero el lloroso grito no se puede prolongar hasta el infinito. Ya se sabe lo que el tiempo le hace a los cuerpos muertos. Todo esto acelerado por el calor que la muchedumbre genera. En fin. Horas después, el Finado es puesto en una eficiente hoguera industrial que lo transforma en un pequeño montón de cenizas. Sus familiares las guardaran con respeto y decoro. ¿Tumba? No señor, no habrá sepulcro, sólo un poco de polvo gris blanquecino y algo de memoria.
Fotografía: Julio Castro
Texto:Pablo Padilla
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